Entrevista a Alicia Puleo, ecofeminista

A mediados de los años 70, el problema de la superpoblación mundial era un importante punto de encuentro entre las reivindicaciones feministas y las preocupaciones ecologistas. La escritora francesa Françoise d’Eaubonne acuñó, entonces, el término ‘ecofeminismo’, que siguió diferentes tendencias.
Alicia Puleo (Buenos Aires, 1952) aboga por el ecofeminismo ilustrado, un ecofeminismo que se inscribe en la tradición de la crítica a la opresión y a la defensa de la igualdad. A esta Doctora en Filosofía y directora de la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid le gusta comenzar subrayando que “ser ecofeminista no implica afirmar que las mujeres estén de manera innata más ligadas a la Naturaleza y a la vida que los hombres”. También, “que mujeres y ecología no son sinónimos”.

Hay lectoras de Pikara Magazine que se identifican con el movimiento feminista y con el ecologista, especialmente con el ecologismo social, y que, sin embargo, muestran reticencias ante la corriente del ecofeminismo.

Creo que esas reticencias provienen de que se identifica al ecofeminismo con una mistificación de las mujeres como naturaleza, con un feminismo muy diferencialista o incluso con un ecofeminsimo que remite a sociedades del pasado que están muy alejadas de la sociedad urbana en la que nos encontramos.

Tendríamos que construir, pues, un ecofeminismo desde nuestro contexto.

Eso es lo que he intentado hacer a raíz de la elaboración de ciertas líneas del ecofeminismo que he llamado ilustrado o crítico y que me han ocupado en los últimos años. Lo desarrollo de forma completa en el libro “Ecofeminismo para otro mundo posible”.

¿Y dónde está presente, hoy en día, esta corriente del ecofeminismo ilustrado por la que tú abogas?

He encontrado inspiración o coincidencia entre lo que yo deseaba que fuera el ecofeminismo y la realidad en la Marcha Mundial de las Mujeres y en la Declaración de Nyéléni, por ejemplo. Estas iniciativas unen las reivindicaciones del feminismo, de autonomía y de empoderamiento de las mujeres, con las propuestas de la soberanía alimentaria y la conciencia ecológica. Ahí he encontrado esos atisbos de ecofeminismo aunque, a lo mejor, las propias protagonistas de estas acciones no se autodenominen ecofeministas. He preparado un monográfico para la revista del Instituto de Investigaciones Feministas de la Complutense sobre la praxis ecofeminista en el mundo ibérico y latinoamericano. En él trato de buscar, justamente, dónde están esas iniciativas que muchas veces van por delante de la teoría. Será publicado on-line dentro de poco.

¿También el ecofeminismo está presente en Latinoamérica?

Es más bien una corriente que se inicia en el mundo anglosajón, ajena al mundo latino. Sin embargo, en este momento en Latinoamérica se están dando ejemplos prácticos de lo que el concepto entraña. También desde todo lo que tiene que ver con las cosmovisiones indígenas, aunque nuevamente estaríamos remitiéndonos a sociedades o mundos que no son los propiamente urbanos.

Otros contextos actuales en donde se practica…

Para mí, el ecofeminismo tiene también en la cuestión animal un peso importante: la ética del cuidado aplicada al mundo no humano. Ahí hay una actividad realizada por mujeres que no están necesariamente organizadas y, muchísimo menos, en calidad de ecofeministas. Sin embargo, representa sin duda una potencialidad. La praxis del ecofeminismo estaría en diversidad de ámbitos, como en la soberanía alimentaria o en las plataformas cívicas de defensa o de resistencia contra proyectos negativos para el medioambiente.

A través de estas actividades en tantos casos protagonizadas por mujeres, como has dicho, ¿puedes vincular el ecofeminismo con el modelo decrecentista y el Buen vivir?

El peligro que yo apuntaría es que se constituya el movimiento decrecentista sin incorporar conscientemente el feminismo. El ecofeminismo podría ser una necesaria negociación preventiva dentro del decrecentismo para evitar que las mujeres queden en una posición de falta de poder dentro de él. Ocurre que en todos los movimientos sociales nuevos es necesario volver a empezar para que las mujeres ocupen algún espacio. La inclusión hay que plantearla porque, de lo contrario, se olvida y se pierden las posiciones alcanzadas en la sociedad.

¡Tenemos muchos ejemplos de eso a lo largo de la historia!

Así ha sucedido históricamente. Podemos verlo incluso en la constitución de las sociedades burguesas, cuando se pasa del Antiguo Régimen a las sociedades democráticas. En alguna medida, las mujeres dan un paso atrás, porque si había unas cuantas aristócratas influyentes, después ya no queda ninguna, ni aristócrata ni no aristócrata.

Y vuelta a empezar la lucha para incorporarse en ese espacio de libertad y de igualdad supuesta.

Es lo que descubrieron las feministas de la segunda ola, o en la nueva izquierda, cuando trabajaban por los derechos civiles o contra la discriminación racial en los EEUU. De repente se dieron cuenta de que estaban haciendo café, redactando panfletos, todo el trabajo de oficina, pero que no tenían ni representación ni voz en las conferencias, en los congresos o en las asambleas. Cuando pidieron que sus reivindicaciones no sexistas fueran incluidas, les dijeron que no había tiempo para eso.

¿Y hasta cuándo hay que esperar?

Yo creo que no hay que esperar, que ya tenemos una presencia y es necesario potenciarla. Hay mujeres que están luchando, que están poniendo todo su esfuerzo dentro de estos movimientos. Tiene que haber una igualdad en los ámbitos de decisión y de representación. No están haciendo los trabajos infraestructurales, como ocurre tantas veces en los movimientos sociales, en donde después los portavoces son hombres.

Kristina Sáez e Itziar Abad
Fuente: Píkara

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