La exigencia social destapa carencias de la certificación de productos biológicos

¿Puede ser considerado ecológico un producto vendido en España, etiquetado como tal, pero que proceda de Nueva Zelanda? ¿No deben tener un reconocimiento específico los productos de proximidad y venta directa, ya que consumen menos energía y provocan menos gases invernadero, aunque no tengan el certificado ecológico? Estas preguntas marcan el debate que suscitan las carencias y contradicciones que tiene la certificación ecológica, que identifica los alimentos libres de pesticidas y fertilizantes químicos pero cuya acreditación no considera otros impactos (como el consumo de combustible, la emisión de CO2, el exceso de intermediarios o las condiciones laborales…). Y todo esto ocurre mientras se consolidan las nuevas demandas del consumidor, que reclama también alimentos de proximidad, de temporada y con un modo de cultivo que cuide el territorio, proteja el paisaje o preserve la biodiversidad de especies vivas.

España es el primer país productor de la UE y el sexto del mundo en cuanto a superficie con sello ecológico. El consumo de productos biológicos experimenta un auténtico despegue en España pese a la crisis.

Sin embargo, la denominación ecológico, biológico u orgánico, adjetivos sinónimos, se reserva para aquellos productos agroganaderos libres de pesticidas y de fertilizantes químicos. En cambio, no ampara los nuevos requisitos ambientales que exige el consumidor. “La actual etiqueta no resuelve todas las demandas del usuario, sobre todo cuando queremos promocionar productos que están asociados a la conservación de la biodiversidad o la protección del paisaje”, dice Amanda del Rio, técnica de la Fundación Global Nature.

“Hay productos llamados ecológicos pero que tienen un impacto ambiental enorme en cuanto al uso del agua o al malgasto de energía, y no tienen en cuenta la conservación de especies”, agrega Del Río. En ese sentido, los invernaderos del sur de España tienen a veces cosechas ecológicas…, pero en un mar de plástico que oculta frutas y verduras uniformes crecidas en un clima artificial y sin atender a un cultivo de temporada.

Las carencias de los actuales sistemas de certificación y las nuevas demandas sociales explican la irrupción de iniciativas a favor de los alimentos de proximidad y de temporada que albergan un cambio de modelo agrario para favorecer la venta en canales cortos, con los menos intermediarios posibles, según explica Tom Kucharz, coordinador de agroecología de Ecologistas en Acción. “Es positivo el aumento en España de la producción de alimentos certificados como ecológicos; pero la mayor parte se destina a la exportación, lo cual supone un gasto energético enorme y un gran volumen de generación de gases invernadero. Además, no suponen un cambio en el modelo agrícola”, dice Kucharz.

La venta de proximidad debe mucho al movimiento de los consumidores que buscan la relación directa con el productor para obtener la máximas garantías de calidad y respecto ambiental, sin que la certificación del sello ecológico resulte ya imprescindible. Y las modalidades como se manifiesta esta tendencia son numerosas y diversas: compra directa en la finca; mercados semanales directos; agrupación de productores con almacenes para la venta directa diaria; venta a grupos de consumidores; comercialización de cajas de fruta o verdura fresca encargada por internet…

“De poco nos sirve un sello que sólo nos dice que un producto no lleva pesticidas si se ha producido a 8.000 km, con bajos salarios, que se vende en una gran cadena que paga mal a sus trabajadores y con excesivo consumo de agua durante su cultivo. Y lo peor es que encima se vende más caro en una tienda de lujo”, dice Gustavo Duch, experto en soberanía alimentaria y partidario de estrechar las relaciones entre el consumidor y su entorno, y de incorporar sistemas participativos de garantía (certificados a cargo de los consumidores) para cubrir las exigencias ambientales, sociales y de empleo y en favor de la economía local real.

Daniel Valls, presidente del Consell Català de la Producció Agrària Ecològica (Ccpae), relata una larguísima lista de productos de Nueva Zelanda con certificado ecológico que entran en España. Y cree que lo ideal sería instaurar aquí un doble sello: uno incorporaría la certificación “ecológica” y otro la venta de proximidad, algo que ya se da en Austria. “Aun así, el problema es definir qué se entiende por productos de proximidad. ¿Cuál debe ser la distancia máxima?, ¿50, 100, 150 kilómetros?”, se pregunta.

Emili Aguilera, responsable del área de productos ecológicos de Unió de Pagesos, opina que “el consumidor cada día es más exigente” y reclama productos de calidad y con respeto al medio ambiente. “Lo importante es que un producto esté identificado y diga dónde se ha producido. Con los productos ecológicos hemos avanzado mucho estos diez años. Es fundamental que el producto tenga la mínima huella de carbono (emisiones de CO2 por km recorrido) posible”, concluye.

Autor: Antonio Cerrillo

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