Para qué vivimos

La crisis se ha llevado por delante no sólo lo que sabemos que se ha llevado, derechos, vidas, sino que se está llevando también, por parecer menos importantes, algunas cuestiones que antes de la crisis estaban planteadas y que han quedado relegadas por la urgencia; pero quizá sea un pensamiento circular, no se plantean determinados asuntos por la urgencia pero si esos asuntos se hubieran planteado y resuelto quizá no estaríamos donde estamos o no de la misma manera. Lo que quiero decir es que no debemos renunciar a la complejidad y a las soluciones no ortodoxas ni, por supuesto, a la imaginación, creatividad y pensamiento alternativo.

El periodo de contrarreforma acelerado que estamos viviendo pretende llevarnos a un escenario laboral propio del XIX, en el que no sólo no tengamos derechos básicos de ciudadanía (sanidad, educación, prestaciones sociales…) sino donde ni siquiera el trabajo proporcione pueda proporcionar un bienestar básico. Sueldos de miseria, jornadas cada vez más largas, precariedad permanente, imposibilidad de acceder a bienes básicos como la vivienda, y ya se están poniendo en cuestión derechos como las vacaciones o la semana laboral de cinco días. ¿Ese es el futuro que nos espera? ¿Trabajar seis días y no tener vacaciones? ¿Por qué no siete días? El ocio como derecho ha desaparecido de cualquier reivindicación ante el pánico a quedarnos sin trabajo, sin importar ya qué tipo de trabajo sea o en qué condiciones.

El trabajo ya no es la manera de acceder a una vida digna, sino una situación de neoesclavismo que no tiene nada que ver con la crisis, sino con el dominio y el control de una clase sobre otra. El estado del bienestar lo era no sólo para quien tenía trabajo, sino que protegía a quien no lo tenía, ahora parece que se trata de dejar a toda la clase trabajadora, a toda la gente corriente, a los que no son ricos, a la intemperie; que cada cual se arregle como pueda, unos caerán en la miseria, otros malvivirán, otros alcanzarán grados medios de bienestar, pero siempre con el miedo y la falta de seguridad como horizonte. Y sobre todo, que nuestras vidas dejarán de tener valor; vivimos para trabajar, para trabajar para otros y no trabajamos para vivir, como es lo deseable.

Antes de la crisis estaban en discusión diversas alternativas para trabajar de otras maneras, para vivir de otras maneras y, aunque la crisis parece que se ha llevado por delante todo lo que no sea simplemente sobrevivir, quizá sea ahora más que nunca cuando “vivir de otra manera” implique que todos y todas podamos vivir y no sólo trabajar. Seguimos todos, el gobierno y la oposición, reivindicando trabajo sin muchas matizaciones, y el paro se ha convertido, con razón, en el principal problema de la ciudadanía. Pero quizá ocurra que el capitalismo no sea capaz de proporcionar trabajo para todo el mundo; quizá tengamos que volver a plantear posibilidades de vida en un escenario en el que no todo el mundo puede trabajar o en el que no todo el mundo quiere trabajar en las condiciones en las que se le exige. Si antes de la crisis estaban sobre la mesa diversas alternativas para vivir de otra manera, ahora podemos retomarlas con más razón.

Si no hay trabajo para todos, podemos repartir el que hay, reducir las jornadas laborales en lugar de aumentarlas; la reivindicación de una renta básica universal es más necesaria que nunca, las posibilidades de ser imaginativos, de tener en cuenta que las personas queremos diseñar nuestras vidas con diferentes criterios, que el dinero o el sueldo no es el único criterio para todo el mundo, que el tiempo libre, puede ser otro, hay que volver a tenerlo en cuenta. Sé de los problemas asociados, y a veces invisibles para los teóricos, que tienen estas opciones, como el peligro de que posibilidades que se ofrecen como opcionales terminen siendo obligatorias para las mujeres, por ejemplo. Todo esto exige un rediseño de todo, del consumo fundamentalmente, pero es una discusión que los políticos tienen que abordar. Personalmente no quiero más sueldo, quiero tiempo de vida porque no tengo otra vida.

Y sólo una pequeña reflexión final sobre las vidas, los sueldos, el trabajo. No entiendo cómo es posible que el gran tema político no sea la vivienda. La falta de vivienda, o los precios de la misma es lo que en este momento determina la vida de la gente mucho más que el sueldo. Con vivienda propia es posible vivir con 1000 euros, sin vivienda no se puede vivir con ese dinero. La vivienda, sea alquilada o se pague una hipoteca se lleva exactamente la mitad de un sueldo medio-alto. Es la vivienda, la falta de ella, la imposibilidad de comprarla, de pagarla, la que impide que se pueda vivir. Y sin embargo, los políticos siguen sin hablar de la vivienda. Como mucho hablan de cómo evitar los desahucios, lo que es imprescindible y no es más que consecuencia de la obligatoriedad de endeudarse para conseguir un lugar dónde vivir; pero la política de vivienda tiene que ir mucho más allá y comenzar a esbozar un plan para ofrecer viviendas a precios sociales y para todo el que la necesite (entendiendo esto de manera muy amplia), es decir, para casi todo el mundo menos los muy ricos.

Fuente: Beatriz Gimeno

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