Slow food: el consumo justo, limpio y ético

Esta entrada ha sido escrita por Carlo Petrini, presidente de Slow Food International y participante en el seminario Cultivos para el siglo XXI.

La velocidad creciente de nuestro ritmo de vida, de trabajo y de pensamiento, sometidos a una presión cada vez mayor, acentúa la distorsión y hace que la complejidad que nos rodea amenace con sobrepasarnos porque no somos capaces de entenderla y disfrutarla, a menos que cambiemos el ritmo. Además, la sociedad de consumo no para de crear nuevos desechos, justifica el despilfarro y la marginación de todo lo que es improductivo o lento. Todo lo que no es necesario para sus objetivos de lucro (personas, culturas, cultivos) se tira, se convierte en basura.

La pérdida de la biodiversidad, que ha afectado el pasado siglo a gran parte de nuestro planeta, hace que una buena parte de las especies de plantas y animales – no lo suficientemente productivas o inadecuadas para los sistemas modernos de producción, transformación y distribución- se haya perdido. Afortunadamente, en algunos medios rurales -considerados marginales-, algunas de estas especies se han salvado y siguen siendo una base importante de la dieta de una parte considerable de la población mundial. Proteger la biodiversidad, detener su deterioro y trabajar para promoverla es un imperativo que los nuevos gastrónomos, los consumidores convertidos en coproductores, deben perseguir sin tregua.

Nuestra época no nos permite ya ser consumidores pasivos, porque hoy la pasividad se paga en términos de pérdida de soberanía alimentaria, tanto la nuestra como la de otros, y en términos de la degradación del medio ambiente, y por lo tanto de la salud. La concienciación, que es urgente, pasa también por recuperar y conocer las especies olvidadas.

Por un lado, debe emprenderse un largo viaje de redescubrimiento, información y educación, que permita al público en general conocer y reconocer las especies infrautilizadas, aprender a cultivarlas o criarlas, encontrarlas, prepararlas. Por otra parte, debemos relocalizar nuestra propia forma de vida. Es necesario volver a echar raíces en el lugar, volver a conocer el propio entorno, volver a establecer relaciones sociales reales. Los consumidores tienen que conocer a los que les suministran alimentos, apoyar su trabajo e incentivarles para que recuperen las especies autóctonas que -si no han desaparecido- la agroindustria ha relegado a un papel marginal y devaluado.

Los tiempos no nos permiten ya considerar la sabiduría tradicional y popular un escalón por debajo de la ciencia que emana de las universidades y centros de investigación. El savoir faire de los campesinos nace de una experiencia secular y poco importa que sea demostrado o demostrable científicamente. Este inmenso patrimonio cultural debe volver a estar más vivo que nunca, y no de forma antagónica a la ciencia moderna y “oficial”. Desearía una industria alimentaria que dialogue con los métodos de procesado y la cocina popular, una ciencia gastronómica moderna que dialogue con la agroecología y con el conocimiento de los campesinos, una investigación científica que no esté orientada únicamente al productivismo, sino que esté al servicio de la comunidad de productores y de la agricultura a pequeña escala, comparando sus conocimientos con los suyos.

Slow Food combate esta batalla desde hace años, y el proyecto de los Baluartes, así como el Arca del Gusto, van precisamente en la dirección de liberar a la agricultura a pequeña escala de la normalización y las reglas impuestas por la agroindustria. Las muchas variedades de plantas –y animales- que hoy están infrautilizadas son una reserva de biodiversidad que necesitamos para sobrevivir, porque es precisamente la variedad la que permitirá al hombre comer en un futuro en el que el cambio climático va a cambiar las condiciones básicas de producción de alimentos. No sabemos cómo va a ser la agricultura del mañana, no sabemos cómo será el futuro del planeta Tierra, ni cómo van a evolucionar las tecnologías: lo que sabemos es que la biodiversidad es el bien común más preciado y que el deber de todos los ciudadanos es luchar por su conservación. Tenemos que permitir a las generaciones futuras disfrutar de un patrimonio genético que en su conjunto sea igual al nuestro, no tenemos derecho a empobrecerlo o sacrificarlo en el altar del productivismo o del capitalismo industrial. Las especies olvidadas de plantas y animales nos permiten ahora alimentar a regiones enteras del planeta, defenderlas significa invertir en el bienestar futuro de la humanidad.

Fuente: 3500 millones. Ideas irreverentes contra la pobreza

 

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