La comida no se tira

1 de cada 8 personas pasa hambre y en el que casi 25.000 personas mueren cada día por falta de comida. La hambruna es extrema en ciertas regiones del planeta. En España la situación es mucho menos dramática pero igualmente preocupante: si bien no existen estudios fiables, se calcula que entre 3 y 4 millones de personas tienen dificultad para acceder a una dieta adecuada. Y mientras tanto, en un relato que adquiere tintes cuasi kafkianos, entre el 30 y el 50% de los alimentos que se producen en el mundo se pierden antes de ser consumidos.

Como sociedad, podemos conformarnos ante este sinsentido o bien podemos trabajar para reducir el despilfarro de comida. Como dice un viejo proverbio, “si realmente quieres hacer algo, encontrarás una manera, y si no lo haces, encontrarás una excusa”. ¿Qué podemos hacer?

1)      Los poderes públicos

Nuestros gobernantes tendrían que llevar a cabo una campaña institucional en la que informaran a los ciudadanos sobre la cantidad de alimentos que tiramos. El principal objetivo sería concienciar a la sociedad, con un enfoque parecido al que en su día tuvo la campaña “Pezqueñines, no gracias”. Y, por supuesto, habría que dar consejos y pautas para reducir todo este derroche de recursos. Un buen ejemplo es la campaña “Manger c’est bien, Jeter Ça Craint” (“Comer está bien, tirar está mal”) lanzada por el gobierno francés y que pretende sensibilizar a la población sobre este asunto. En esa misma línea, el Ayuntamiento de Barcelona acaba de lanzar la campaña “La comida no se tira”. Y es que lo que no se comunica, no existe.

Los gobiernos también pueden aprobar leyes para reducir la cifra de comida que se pierde en la cadena alimenticia. Según algunos expertos, la medida más efectiva sería obligar a los supermercados a informar sobre  la cantidad de comida que tiran. En la actualidad estos datos no se publican y dan pie a todo tipo de especulaciones. Otra alternativa es seguir el modelo del municipio de Herstal (Bélgica), que aprobó recientemente un paquete de medidas que obligaba a los supermercados a donar la comida que les sobra.

2)      Los supermercados y la industria alimentaria

Los supermercados juegan un papel fundamental en el despilfarro de alimentos. Por un lado, y de forma directa, los supermercados lanzan cada día a la basura comida caducada o lo que es peor, productos que son aptos para el consumo pero que no cumple determinados criterios estéticos o comerciales. Un supermercado responsable debería asegurar que todos sus excedentes son redistribuidos a entidades sociales como los Bancos de Alimentos. Otra alternativa es ofrecer descuentos significativos en aquellos productos que están próximos a su fecha de caducidad. Por suerte son cada vez más los supermercados que optan por alguna de estas vías.

Los supermercados también pueden contribuir a dilapidar comida de forma indirecta. Cuando ofrecen promociones demasiado agresivas (ej. pague 1 y llévese 2)  están provocando que los consumidores compremos más producto del que finalmente vamos a consumir. Bastaría con que promovieran formas de consumo más responsable y que ofrecieran raciones más pequeñas o incluso mono-dosis para aquellas personas que viven solas.

Por último, los supermercados son también indirectamente responsables del despilfarro que sucede en productos como la fruta o la verdura: muchos agricultores reconocen que en ocasiones casi el 40% de su producción se queda en el suelo sólo porque no responde a los criterios estéticos que fijan los supermercados.

3)      Nosotros, la sociedad civil

El cambio nos pertenece, nosotros hemos de ser el motor. Sí, hay que protestar, hay que quejarse pero también hay que actuar. Por ejemplo, tenemos que comprar fruta fea. ¿Hay algo más embriagador que la belleza imperfecta de una clementina envuelta en aroma de azahar? Hemos de consumir producto de temporada y de proximidad ¿o es que vamos a pasarnos todo el año tomando fresas? Tenemos que hacer caso a nuestros abuelos, y hacer la lista de la compra antes de salir de casa o preparar croquetas con las sobras. En Catalunya, por ejemplo, este estupendo blog propone formas inteligentes de reducir la comida que tiramos.

También podemos pasar a la acción y poner en marcha iniciativas similares a Food Cycle o DC Central Kitchen. Estas dos ONGs recogen excedentes de comida aptos para el consumo, los cocinan y los reparten en comedores sociales. Podemos también seguir el ejemplo de Jenny Dawson y Sophie Gore Browne, fundadoras de Rubies in the Rubble , un maravilloso proyecto social que trata de resolver dos problemas al mismo tiempo: el despilfarro de comida y la falta de empleo. ¿Cómo lo hacen?  Recogen frutas descartadas por motivos estéticos, las transforman en mermeladas, compotas o conservas, y finalmente las venden al público. Con el dinero procedente de las ventas pagan el salario del personal que contratan: su prioridad es contratar a jóvenes y a personas en riesgo de exclusión social.

En definitiva, siempre podemos encontrar excusas para no cambiar las cosas, siempre podemos culpar a otros. Pero si realmente escuchamos a nuestro corazón veremos que siempre hay esperanza. Como cantaba Roberto Iniesta (líder de Extremoduro): “mi ejército no tiene bandera / es sólo un corazón”

Esta entrada ha sido escrita por Manuel Brusca (@Manuel_Bruscas)

Fuente:
 

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