Los inicios del ecofeminismo en España

 Las profesoras de geografía durante la II República.

Mi relación con el ecofeminismo empezó de una manera, puedo decir, racional de la mano de Vandana Shiva, pero sin haber sido consciente de ello, llevaba toda mi vida dentro de esta forma de vida y pensamiento. Mi abuela paterna inició a su familia en el respeto absoluto a la Tierra, la convivencia armoniosa con los animales y las plantas que cada día a una le rodean. Además un fuerte sentido de denuncia hacia aquellos y aquellas que no solo no vivían respetando la armonía con el medio ambiente sino también contra las prácticas que dañaban el equilibrio entre los seres humanos y el reino animal y vegetal. Cuando ella, mi abuela, ya no podía andar, con la soltura y gracia que siempre le habían caracterizado, lo que más echó en falta fue el no poder denunciar personalmente al equipo de jardinería de su comunidad por el uso abusivo de pesticidas. Ella no entendía de composiciones químicas, pero sabía que al echar ese tipo de compuestos además de matar las hierbas (aparentemente nocivas) también terminaban con los pájaros que se alimentaban de ellas.

En muchas ocasiones, me pregunté cómo pudo llegar a desarrollar un pensamiento tan conectado con el ecofeminismo sin haber hecho suyo este concepto. Esta naciente curiosidad mía me llevó a buscar en el pasado alguna respuesta que pusiera algo de luz en mis preguntas, porque cuando le preguntaba por el origen de sus actitudes y acciones, lo único que respondía era que no había otro camino para vivir ya que ser así era parte de ella.

La toma de conciencia respecto del lugar que una o uno ocupa en el mundo siempre es y ha sido un momento cargado de trascendencia vital. Esta importancia se ha tenido más en cuenta en el desarrollo de las políticas gubernativas más de lo que en un principio podemos suponer desde el siglo XIX (introducción pionera de la asignatura de geografía en el programa de la Escuela Central de Maestras de Madrid en 1882) hasta nuestros días. Pero también esta toma de conciencia ha sido importante para gestionar la vida y hacer que la existencia de una comunidad fuera posible.

Todavía hoy cuando miro el mapa de la zona donde vivo, Long Island (Nueva York) me sorprende su característico perfil; ciertamente es una isla larga, como su nombre bien indica, pero también es una especie de pez que tiene la boca abierta. Únicamente puedo acceder a esta imagen zoomorfa si la observo en un mapa, en cambio la referencia a larga se aprecia al contabilizar el tiempo necesario para cruzar de punta a punta la isla (entre tres y cuatro horas). Mucho antes del desarrollo de la Topografía o la Geografía de corte moderno las tribus nativas de este lugar nombraron esta isla como “paumanok” por su característica forma de pez. Tomar la molestia de describir esta gran isla por el peculiar trazado de su litoral supuso para estos pueblos asegurar la supervivencia a todos los niveles. Pero no ha sido este el único caso en que la sabiduría ancestral se adelantaba a la Topografía. También, desde tiempos lejanos, la Península Ibérica ha sido descrita por su peculiar forma de piel de toro.

Primeras manifestaciones del ecofeminismo

Con este razonamiento quiero plantear la cuestión acerca de cuándo mujeres y hombres tomaron conciencia del lugar que esa piel de toro, esa Península, ocupaba en el mundo. Mi manera de arrojar algo de luz a esta cuestión es unir la experiencia que he narrado de mi abuela con el ecofeminismo (sin ella sospecharlo) con mi búsqueda en el devenir histórico de la conexión de mujeres y naturaleza y cómo enseñar y aprender de cuestiones geográficas incluyó algo más que un gran número de referencias a montañas, ríos y un largo etcétera. Es en este punto en el que voy a insistir en cómo algunas profesoras de geografía de la etapa de la II República española (1933-1939) incluyeron dentro de los programas pedagógicos de esta asignatura más argumentos que aquellos estrictamente académicos. Este más educativo me permite conectar a estas profesoras con lo que a partir del lenguaje del siglo XXI denominaríamos el desarrollo de una educación ambiental y/o las primeras manifestaciones del ecofeminismo.

Estas profesoras insistieron en varias cuestiones: la primera fue la necesidad de fomentar la convivencia armoniosa de hombres y mujeres con el medio que les rodeaba y la segunda fue su deseo personal de generar en su alumnado una conciencia ciudadana sólida. Esta conciencia debía servirles para rechazar cualquier tipo de argumento conectado con el progreso y la modernidad que para lograrse requiriera arrasar con los ecosistemas y/o declarar conflictos bélicos. Si pongo en relación estas características con las denuncias realizadas por la filósofa Simone Weil (1909-43) en el periodo de Entreguerras acerca de la desbordada exaltación patriótica que se enseñaba en las aulas de Europa durante el primer tercio del siglo XX (“concebir la patria como un absoluto al que no se puede mancillar”, 1996: 11) es válido leer las iniciativas de las profesoras de geografía como unos actos y unas acciones concretas y precisas para que la hecatombe bélica que años después asoló Europa pudiera haberse detenido.

Desgraciadamente la labor de estas profesoras se vio interrumpida por el inicio de la Guerra civil (1936), pero sus enseñanzas, que podemos imaginar cómo una especie de semillas educativas, llegaron a esparcirse llegando incluso a germinar sin que el estallido de la guerra y la posterior postguerra pudieran impedirlo y mi abuela fue un buen ejemplo de que así sucedió.

La conciencia del lugar en el que se vive se puede adquirir de diversas maneras; a través de la observación de todo lo que nos rodea, el estudio de mapas o simplemente viajando. A mediados del siglo XIX se fue fraguando la conciencia del lugar donde se vivía, además de lo que existía más allá del horizonte que acompañaba diariamente. Ambas experiencias estuvieron muy conectadas con las de las mujeres y los hombres que se habían decidido a emprender un viaje. Por ejemplo, las escritoras del final de este siglo, como Concepción Gimeno, Emilia Pardo Bazán, Emilia Calé, Carmen de Burgos o Ángeles Vicente fueron muy dadas a salir fuera del país y lo que para mí es más importante, posteriormente compartieron estas experiencias con un variado público. Estas experiencias y vivencias personales tornaban a una vivencia pública por medio de la publicación de las memorias de ese periplo y la difusión oral de su contenido o con la exhibición de fotografías, transformándose en recursos con múltiples posibilidades. Una de estas posibilidades fue la de educar, utilidad que fue aprovechada por algunas de las profesoras de geografía que enseñaron en el primer tercio del siglo XX.

Conectar con el alumnado

Estas maestras enlazaron este conjunto de heterogéneas experiencias viajeras con conceptos empíricos procedentes de la Geología, la Topografía o la Botánica para así componer una “receta educativa” (Mañeru, 2008) que facilitara enseñar geografía de otra manera: acercando a quién daba la clase con el alumnado que allí acudía. El placer que daba viajar saltaba al ámbito educativo gracias al goce que aportaba conocer lo que rodeaba tanto respecto al entorno concreto como con el de otros lugares. Y es que, como expuso la escritora Isabel Oyarzábal (1874-1974), afín a las teorías y los movimientos asociativos relacionados con la Geografía: “Nunca más podría experimentar esa sensación, mitad goce, mitad temor, del que por vez primera cruza el vasto mar que separa dos continentes y dos civilizaciones” (1925: 38).

Algunos años antes de que Isabel de Oyarzábal compartiera públicamente lo que para ella supuso cruzar el océano Atlántico, en Europa empezaron a crearse diferentes sociedades geográficas que ayudaron a difundir las experiencias viajeras, en principio sólo masculinas, pero que finalmente tuvieron que abrirse a las experiencias de las mujeres. En España esta iniciativa llegó en 1876 de la mano de la Real Sociedad Geográfica de Madrid. Esta sociedad ofreció conferencias, publicaba su propia revista y entre los actos que acogió destacó la conferencia impartida por la viajera italiana Carla Serena acerca de sus viajes por Medio Oriente, en diciembre de 1880. Además de esta iniciativa de carácter público es importante señalar la práctica cotidiana de muchas mujeres de llenar álbumes con diferentes flores y plantas que encontraban en sus excursiones durante los siglos XIX y XX, para después intercambiar, regalar o dejar en herencia.

Las hermanas Catalán, Clotilde y Blanca, nacidas en torno al año 1860, son uno de los primeros ejemplos, en la España contemporánea, de intelectuales interesados e interesadas en el desarrollo científico de la Geografía y sus disciplinas afines. La obra de Blanca Catalán de Ocón, Miscelanea Turolense (1891), alcanzó gran reconocimiento en la época. La originalidad de los trabajos de estas dos hermanas estaba en que trasladaron a sus investigaciones lo propio de los estudios de estas características (observar, catalogar y estudiar), pero añadiendo referencias literarias que ayudaran a los hombres y a las mujeres con curiosidad por estos temas a entender mejor sus escritos. El enlace de la ciencia y la prosa literaria permitía tanto evocar el lugar del que procedían los ejemplares naturales que habían catalogado, siguiendo los principios de la ciencia positivista, como destacar la importancia científica que tenían dentro de ese marco. Ya iniciado el siglo XX, y sobre todo en la década de los años treinta, el método de las hermanas Catalán también lo emplearon, entre otros grupos profesionales (fue muy popular en la Institución Libre de Enseñanza), las profesoras de Geografía para poder conectar con el alumnado y generar una conciencia ciudadana respetuosa, dialogante y ecológica.

Observación entusiasta

Entre las profesoras que impartieron geografía en las escuelas voy a destacar a Leonor Serrano (1890-1942) y Gloria Giner de los Ríos (1866-1970). Ambas mujeres fomentaron en sus clases la “observación entusiasta” (Serrano, 2007) que consistía en enseñar Geografía dialogando con el alumnado. Para enseñar así esta materia, estas profesoras recurrieron a recursos variados como poesías, relatos de viajes o mapas. Concretamente, Gloria Giner y Leonor Serrano utilizaron leyendas, poesías, relatos cortos y canciones populares para apoyar las explicaciones geográficas. Esta variedad de recursos les ayudaba con el alumnado de dos maneras: la primera, a que comprendiera las diferencias que se daban en los entornos naturales, en función de la posición geográfica que ocupaba, y la segunda, que la forma y los recursos del medio físico eran fruto de la evolución en el tiempo, del espacio y por la interacción de la comunidad o comunidades que estuvieran próximas. Gloria Giner y Leonor Serrano entendían que un amplio repertorio de estas referencias intelectuales ayudaba a introducir y asimilar los diferentes conceptos científicos: cómo el ciclo de rotación de la Tierra o la estructura del globo terráqueo en hemisferios. Gloria Giner pretendía con la selección de textos sobre viajes (incluyó parte de los trabajos de Emilia Pardo Bazán, Selma Lagerlöt, Madame Staël y Maud Doria Haviland, entre otros textos) en su obra, Lecturas geográficas componer un recurso útil para la enseñanza del temario de Geografía con el que el alumnado al aprender lograra “gozar y amar la Tierra” (1936: 364).

El desarrollo del recurso pedagógico de la “observación entusiasta” para Leonor Serrano y Gloria Giner implicaba que el canon androcéntrico en el que en ese momento se movían los estudios geográficos se abriera e incluyera a las mujeres que también gestionaban este tipo de conocimiento y además lo enseñaban. Ambas autoras empleaban en sus trabajos la referencia de “hombre” intentando aportar a su significado uno con un sentido más real que verdaderamente incluyera a las mujeres y también a los propios hombres. En principio esto que puede parecer una contradicción adquiere sentido al analizar el pensamiento de estas profesoras. Serrano y Giner colocaron la referencia de hombre en este tipo de trabajos pedagógicos para que el concepto se abriera y se empapara de las aportaciones de hombres y de mujeres en este campo. De esta manera, ese androcentrismo que caracterizaba a esta disciplina y que tanto debió disgustar a Gloria Giner y a Leonor Serrano poco a poco se iba deshaciendo. En palabras de Leonor Serrano lo que se iba a fomentar al dejar sin sentido las referencias androcéntricas en la Geografía era una “nueva humanidad creadora, amorosa, anti-destructora y anti-guerrera” (1933: 6).

La enseñanza de la Geografía para estas dos profesoras facilitaba el desarrollo de una educación basada en el principio de respeto que dirigían hacía el ecosistema natural. La forma de fomentar esta idea de vida era explicar en sus clases la estrecha conexión existente entre el medio físico y natural que rodeaba a su alumnado con su propia evolución personal: “Desde los sencillos ciclos del mundo exterior, hasta el complejo cultivo del mundo interior, sensible a la lógica, a la moral y al civismo” (Serrano, 1933: 7). Esta unión la conseguían conectando la composición y el desarrollo del medio con los humores y las sensaciones personales de las chicas y los chicos que escuchaban las lecciones y participaban en las clases. Por ejemplo, las pigmentaciones y las texturas, naturales y espontáneas, que se daban en el entorno ayudaban a que las voluptuosidades íntimas fueran más sencillas de entender, poder explicar e incluso compartir con el resto de la clase. Gloria Giner insistió que generaba gozo la conexión de la parte más personal e íntima de la persona con lo que de forma espontánea ofrecía el medio.

El gozo era una sensación de tanta intensidad que ayudaba tanto a que el aprendizaje en la materia fuera real como a estrechar, aún más, la relación con el entorno que estudiaban en las clases de Geografía y que además ayudaba a describir las emociones más íntimas. La forma que idearon estas profesoras de fomentar el respeto y la empatía en estas clases fue aprovechar al máximo el contacto previo con su entorno que su alumnado ya tenía. El paso por la escuela de las chicas y chicos de los años treinta del siglo XX implicó que conocieran ese medio tan cercano de otra manera: de forma científica. La empatía que el alumnado ya tenía con su medio se aprovechaba para trasladar esa emoción a cualquier otro espacio natural o ecosistema. De esta manera, este alumnado, futuras ciudadanas y ciudadanos, era capaz de incluir en sus vidas los avances y los progresos técnicos y científicos de una forma armoniosa y respetuosa con ese medio natural con el que tenían tantas conexiones y conocían tan bien. Además, estas profesoras les capacitaban para poder rechazar cualquier propuesta política que no estuviera en consonancia con el cuidado de ese entorno.

Perfeccionar saberes previos

Por ejemplo, la relación con el medio natural de Diana, la protagonista de las obras de Leonor Serrano, Diana o la educación de una niña, quedó completada al acudir por primera vez a la escuela, a la edad de siete años. Diana era un personaje figurado, pero imaginado por Leonor Serrano a partir de las experiencias comunes y paralelos que pudo observar entre sus alumnas durante sus años de enseñanza. Leonor Serrano aportaba un valor positivo a las circunstancias en las que trascurría la vida de su alumnado antes de ir a la escuela. Para esta maestra, estos aprendizajes de supervivencia y relación con el medio circundante eran la base para perfeccionar los saberes que ya portaban sus alumnas a las clases. Por tanto, el respeto y la empatía eran conceptos que estaban incluidos en la explicación de las materias específicas en las clases de Geografía.

Y por último es importante señalar cómo Gloria Giner en sus años de exilio en Estados Unidos insistió en sus libros (esta vez métodos para aprender español) en una idea de España que dialogaba con las diversas manifestaciones culturales y lingüísticas. España era para Gloria Giner un país en el que mujeres y hombres debían trabajar para generar un tipo de nacionalismo alejado de vinculaciones extremas respecto a idearios políticos cerrados y conectarse con las peculiaridades por las que la Naturaleza se manifestaba en cada rincón del país:

“Mirando el relieve de la península veremos que las cordilleras, con su dirección de Este a Oeste, abrieron y marcaron el camino hacia el interior a aquellos grupos humanos. Del mismo modo determinaron la dirección de sus cinco hermosos ríos que, de Este a Oeste, atraviesan el suave declive del suelo, riegan vegas y huertas, cruzan llanuras, se despeñan entre rocas y dan sus aguas, por fin, al Atlántico” (Giner, 1951:7).

Para mí indagar en el pasado sobre cómo profesoras de la talla de Leonor Serrano o Gloria Giner enseñaron Geografía con la idea de fomentar una conciencia ecológica en sus alumnos y alumnas da sentido a parte de mi vida actual. También me aporta cierto alivio porque del camino que debemos recorrer para conseguir vivir en armonía con el medio natural, otras ya empezaron su andadura años o casi un siglo atrás. Lo que estas profesoras pusieron en circulación de una forma pacífica fue tan poderoso que ni siquiera con las penurias de las guerras, las represiones, los exilios, las condenas al olvido y al obligado silencio se ha podido borrar.

Ana I. Simón Alegre, State University of New York. Revista El Ecologista nº 76.

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