El antifeminismo que nos viene

Primero publiqué en esta misma revista un primer post sobre la lactancia materna sin saber muy bien en donde me metía; después publiqué varios de ellos en mi blog con el mismo resultado de recibir decenas de comentarios insultantes. Después vino la maternidad de Soraya Sáenz de Santamaría, quien decidió volver a trabajar dos semanas después de parir a su hijo y se desató de nuevo la caza, como ya se había desatado antes con el viaje a Afganistán de una Carmen Chacón embarazada y con todo un hospital de campaña a su disposición.

Este antifeminismo que viene es un mix entre ecologismo esencialista y feminismo de la diferencia mal entendido. Ellas plantean una revalorización de lo ontológicamente femenino sin salirse del patriarcado ni un metro. No necesitan organizarse políticamente en contra de la opresión porque, al parecer, lo único que las oprime son los avances del feminismo

Las polémicas Soraya/Chacón nos permiten visualizar muy claramente que existe un (neo) antifeminismo que camuflado en ambos lados del espectro ideológico y que está creciendo. Y quizá, desgraciadamente, sea en la izquierda ideológica donde se manifiesta más claramente.

En la derecha, aunque se piense lo mismo, no se atreven a decirlo porque su discurso es, supuestamente, el de la defensa de la igualdad. La izquierda, en cambio, como se siente legitimada por no se sabe qué luchas anteriores a favor de las mujeres, no tiene esos problemas. Dicha legitimidad es falsa porque a nosotras nadie nos ha regalado nada, ni en la derecha ni en la izquierda, y las resistencias se han dado con la misma intensidad en uno y otro lado.

Este antifeminismo que viene es una mezcla entre ecologismo esencialista y feminismo de la diferencia mal entendido. Estoy completamente alejada del feminismo de la diferencia, pero aquel era, en todo caso, un pensamiento complejo sobre el patriarcado que partía del reconocimiento de la opresión de las mujeres, que trataba de salir de esta opresión mediante la revalorización de lo que ellas consideraban diferencias ontológicas entre los sexos. El reconocimiento de la opresión y la valorización de lo esencialmente femenino llevaba a aquellas feministas a organizarse políticamente de manera autónoma y a elegir, casi todas, formas vitales y sexuales de las que los hombres estaban excluidos. Este neoecologismo femenino de ahora, que se apropia del término feminismo, no tiene nada que ver con aquel feminismo que desde luego luchaba por la igualdad partiendo, de la constatación de la opresión patriarcal.

Quien asuma para sí, con el derecho que asiste a todas a elegir, una posición contraria a esa supuesta esencia es castigada justo en aquello que ha sido siempre la máxima descalificación patriarcal para todas las mujeres: mala madre; lo peor.

El neoecologismo, que se dice feminista y que es antifeminista en todos sus planteamientos, busca la revalorización de lo supuestamente femenino sin hacer ninguna crítica al patriarcado, con lo que queda reducido a patriarcalismo del de siempre pero vestido de moderno. Así, ellas plantean una revalorización de lo ontológicamente femenino sin salirse del patriarcado ni un metro. No necesitan organizarse políticamente en contra de la opresión porque, al parecer, lo único que las oprime son los avances del feminismo; avances equivocados todos ellos y que han devenido en diferentes formas de opresión para las mujeres.

No voy a volver a entrar en el debate sobre si lactancia o no, o si Sáenz de Santamaría y Carmen Chacón deben o no incorporarse a sus trabajos sin atenerse la baja maternal. No lo voy a hacer porque en todos mis artículos y post, de una manera más o menos irónica, lo que yo defendía, lo único defendible desde el punto de vista feminista, es la defensa siempre y en todo caso de la libertad de todas y cada una de las mujeres y su individualidad. Para el feminismo no hay más cuestión.

Para el antifeminismo, en cambio, hay mucho más. El principio de individualización y el derecho a decidir en todo caso sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas desaparece en este antifeminismo verde arrastrado por una supuesta esencia a la que todas debemos entregarnos sin resistencia. Y ay de la que se resista.

Las ecoantifeministas se muestran dispuestas a castigar a otras mujeres por su elección y no dirigen sus críticas al patriarcado, jamás se preguntan dónde están los padres, ni se enfadan porque ellos no se pidan los días del permiso de paternidad, eso ni se menciona.

Participan así entusiásticamente en la división que el patriarcado hace entre mujeres buenas y malas, siendo ahora las malas no las mujeres que viven su sexualidad libremente, sino aquellas mujeres que viven su maternidad de otra manera y según sus propios criterios; porque para las ecoantifeministas, en el tema de la maternidad y las esencias maternales, no hay elección posible ni criterios propios, lo que enlaza directamente con la negación que el patriarcado hace de la individualidad de las mujeres.

Las mujeres no son individuos, son todas iguales, todas madres y, sobre todo, todas la misma madre: La Madre Patriarcal. La entregada a su prole, la que siempre y en todo caso está dispuesta a sacrificarse por los intereses de sus hijos, sean reales o no. La que nunca puede escoger el propio bienestar, aunque eso no haga ningún daño a su hijo o hija porque “propio bienestar”, es tabú; es lo peor que puede ser una madre: egoísta.

Así que se desgañitan en las redes contra la libertad, la individualidad y el pecado de salir al espacio público, dejando patente, por su situación de recientes madres, que abandonan el espacio doméstico justo en el momento en que este abandono se hace más visible, en el momento en que se ha sido madre, en ese momento en el que se exige la puesta a disposición del propio yo a otro/a, el hijo o la hija. Y por si fuera poco, como todo esto pretenden argumentarlo desde la izquierda ideológica, utilizan argumentos supuestamente progresistas haciendo pasar a las mujeres que escogen lo que a ellas no les gusta como enemigas de clase; mujeres supuestamente privilegiadas que socaban con su elección y con su ejercicio de la individualidad los derechos de las mujeres-masa indistintas, obviando, naturalmente que hay millones de mujeres que hacen lo mismo todos los días en todos los estratos sociales. Porque La Madre en realidad no existe, existimos las mujeres que somos madres y cada una de nosotras es madre de una manera distinta.

La renuncia voluntaria a un derecho no tiene por qué cuestionar éste, ni su universalidad ni el convencimiento de que ciertamente los derechos de maternidad son un avance y una conquista histórica conseguida por mujeres que no estaban en el espacio doméstico, sino por las que defendían la plena igualdad social y batallaban en el ámbito público. Los derechos son para quienes los necesitan y para quienes quieran hacer uso de ellos, pero si los derechos se convierten en obligación, siempre y en todo caso, dejan de ser derechos.

Y por último, lo más importante, lo que nunca puede perderse de vista es que el principal derecho que las mujeres hemos conseguido tras siglos de lucha es el reconocimiento de nuestro derecho a elegir cómo queremos vivir nuestras vidas, maternidades incluidas. Y éste sí es un derecho frágil, permanentemente amenazado y cuestionado desde todos los flancos del antifeminismo.

Autora: Beatriz Gimeno
Fuente: Píkara Magazine

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