‘Disco-sopas’ contra el despilfarro

Se recoge la comida desechada por los mercados. Se selecciona todo lo comestible y aprovechable. Se pone a decenas de voluntarios a cortar las verduras en animados grupos. Se invita a un DJ o a un grupo local para animar el cotarro. Se agita, se cocina y se sirve al cabo de un par de horas: cuatrocientas, mil y hasta cinco mil sopas y ensaladas gratis para todo aquel que se apunte y baile.

Bienvenidos a la “Disco Sopa”, también conocida como la “Disco Salad”: la acción colectiva más marchosa que ha sacudido esta semana el planeta, coincidiendo con el Día Mundial de la Alimentación. Una manera insólita y revolucionaria de poner sobre la mesa la “patata caliente” del despilfarro.

La idea nació hace poco más de dos años, entre los jóvenes miembros de Slow Food en Alemania, deseosos de hacer algo llamativo y ruidoso para agitar las conciencias y los estómagos. Tal fue el éxito de la primera “Schippel Disko” que el modelo no tardó en replicarse en Francia. En París, en octubre pasado, más de mil comensales participaron en la gran “Disco Soupe” organizada ante el Ayuntamiento. Hasta España han llegado también esta semana las “Disco Sopas” organizadas por los grupos de Slow Food.

Este año, la gran comilona mundial ha sido en la calle 15 de Nueva York, en un muelle al que llegaron 1.200 kilos de comida. Tristram Stuart, autor de Despilfarro y fundador de Feeding the 5000, ofició de maestro de ceremonias en la gran fiesta colectiva, que fue una réplica del banquete colectivo del 2011 en Trafalgar Square, sólo que con música a toda pastilla.

“La música añade la parte de celebración y hace más llevadera la tarea colectiva”, nos explica Bastien Beaufort, de Slow Food Francia, en una “Disco Soupe” a la que asistimos en el festival OuiShare, a los pies de la Bastilla. “Aquí mismo, en París, se desecha entre un tercio y la mitad de la comida a diario. Y lo mismo ocurre en las grandes ciudades del mundo… Va siendo hora de pasar a la acción para concienciar a la gente ante este gran problema que sólo ha empezado a ser visible ahora, en tiempos de crisis”.

Los coches y furgonetas de los voluntarios llegan cargados de viandas a primera hora la mañana, procedentes del mercado central (donde empieza desde la madrugada la letanía del despilfarro). Los cajones con comida se van seleccionando y alineando en las mesas encadenadas: aquí los rábanos y las patatas, allí las lechugas y los tomates, allá el apio, las endivias, las peras y las manzanas…

Cuando todo está dispuesto para empezar la ardua tarea, empieza a sonar la música: corta que te corta, a un ritmo contagioso, con ese espíritu de comunidad que surge en torno a la comida… Bastien y compañía van poniendo un cierto orden en las mesas y seleccionan los ingredientes con tino: esto para las sopas, esto para las ensaladas, esto para los zumos.

La cadena humana no tarda en dar sus frutos. Los cocineros se dejan llevar por el ritmo, y en menos de un par de horas ya empiezan a estar listas pimeras las raciones. Todos trabajan gratis y todos comen gratis. Surgen entre los comensales esos lazos fraternales que se crean alrededor de los buenos alimentos. Gracias a la Tierra, y gracias a las manos que hicieron esto posible… Y gracias también al ingenio y al esfuerzo que ha convertido a las “Disco Sopas” en el fenómeno global del Día de la Alimentación.

“El despilfarro es el último producto de un sistema, el de la alimentación industrial, que es totalmente insostenible e inhumano”, aseguraba el fundador de Slow Food, Carlo Petrini, en el Festival Terra Madre, desde el que lanzó hace un año su valiente proclama. “En un planeta donde mil millones de personas pasan hambre, es imperdonable que se desechen todos los años 40 millones de toneladas de comida”.

El combativo Tristram Stuart, quien más ha hecho por darle una dimensión social al problema, recorre incansable el mundo asesorando a los expertos y organizando grandes acciones como la “Disco Soup” de Nueva York: “Al menos se ha producido ya un reconocimiento político del problema. La ONU ha tomado cartas en el asunto y se ha propuesto reducir en un 50% el despilfarro mundial de comida de aquí al 2050. La Unión Europea se ha subido también al carro y celebra todos los años en noviembre la Jornada de Reducción de los Desechos”.

“Pero lo más difícil de cambiar son los hábitos”, reconocer Stuart. “La cultura de ‘usar y tirar’ está muy arraigada, y hacen falta muchas más campañas, y trabajar a nivel de educación para cambiar esta tendencia”.

Hacen falta también nuevas ideas para reinventar el activismo. Y nada mejor que las buenas vibraciones para sacudirse el cargo de conciencia y el complejo de culpa. La receta es así de simple: una pizca de actitud positiva, una cucharadita de colaboración y un aliño de música para hacerlo todo más digerible y divertido.

Carlos Fresneda (Correo de El Sol)

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